¿Nacidos para no ser naturales? Una reflexión sobre la evolución cultural
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Evolucion cultural

¿Nacidos para no ser naturales? La delgada línea entre la evolución cultural y biológica

En una ocasión, durante una conversación con mis compañeros de trabajo, planteé la siguiente idea: las cosas artificiales que crea la humanidad también pueden ser consideradas naturales. Es un tema que, reconozco, me obsesiona bastante y que aprendí a entenderlo mejor gracias a las reflexiones de las clases de Química con Deborah García. Ella estaba cansada de la quimiofobia contemporánea y yo también. La vida es química pura y ¿por qué habrían de ser artificiales o “químicos” unos alimentos creados por el hombre a pesar de contar con los mismos elementos químicos que ese alimento surgido espontáneamente de la naturaleza?

Entre mis compañeros hubo cierta división de opiniones. Un grupo estaba de acuerdo conmigo en que, analizando este tema desde su origen, tenía todo el sentido considerar naturales nuestras creaciones artificiales. Sin embargo, en el otro grupo, si bien entendían el matiz, defendían la necesidad de separar, como hasta ahora, ambos conceptos. El plástico es artificial y daña el medio ambiente. Algo que daña la naturaleza no puede ser natural. ¿En serio? ¿Y un meteorito que destruye la biodiversidad imperante en la Tierra, es benévolo o dañino? Desde el punto de vista evolutivo, depende. Unos se van y otros vienen. Para unos es malo y, para otros, bueno.

El principal cambio, en el entorno

En el caso de la última extinción masiva, ocurrida hace unos 65 millones de años y que, entre sus consecuencias, provocó la desaparición de los dinosaurios, la gran ventaja evolutiva pasó a ser favorable hacia los mamíferos que, poco a poco, comenzaron a conquistar el planeta.

Entre los mamíferos nos encontramos nosotros, los humanos. Pero los humanos de hace 300.000 años, como el Homo sapiens, no son los mismos que en la actualidad. Esto se debe a las variaciones genéticas desde entonces, pero ellas no son la única razón. De hecho, no son la razón más poderosa. Los cambios más trascendentales hay que buscarlos en el entorno.

Somos cultura

Como explica Pedro José Cascajosa en De los quarks a la próxima extinción (2012), el entorno no solo se refiere al medio ecológico, sino también a “la nutrición, las emociones, el medio celular, el intrauterino e incluso los factores que actúan en la duplicación genética y en la elaboración por éstos de las proteínas”. Pero recuerda que tampoco podemos olvidar “el medio sociocultural como parte del entorno en familias como los homínidos”. Es decir, nosotros.

Nuestra cultura forma parte de ese entorno que nos hace cambiar y que nosotros también alteramos, pues en las relaciones entre personas, genes y entorno los tres factores actúan como causas y efectos al mismo tiempo.

Transformación desde la infancia

Una pregunta pertinente a estas alturas puede ser: ¿hasta qué punto la cultura y la evolución biológica interactúan? ¿Interactúan realmente? Estoy convencido de que sí y la ciencia también aporta argumentos a favor.

Por ejemplo, hemos escuchado muchas veces esa afirmación que asegura que lo que experimentamos en nuestros primeros años de vida marca lo que seremos de adultos. Según investigaciones científicas, esto tiene una explicación empírica.

Como señala Pedro José Cascajosa, el aprendizaje infantil, por ejemplo, supone la creación de una gran parte de las conexiones físicoquímicas cerebrales y el ajuste de esos circuitos neuronales en esa fase temprana de la vida, unos cambios físicos “que quedan profundamente arraigados y que determinan gran parte del comportamiento futuro, ya que todos los procesos psíquicos discurren como procesos bioquímicos y bioeléctricos en los circuitos neuronales”.

El cerebro, el gran cambio

Cascajosa nos da una importante pista para entender mejor la interacción cultura-biología: los cambios que se producen en nuestro cerebro. ¿Por qué son tan importantes? Vamos por partes. Los primeros homínidos tuvieron que adaptarse tanto a los recursos como a las características climáticas de su entorno pero, desde el momento en que abandonaron tierras africanas para colonizar territorios con climas mucho más hostiles, nos encontramos ante un punto de inflexión que demuestra que nuestra evolución biológica no depende tanto del entorno natural, sino, sobre todo, del cultural (que probablemente sea nuestra mayor naturaleza).

Y lo mismo sucede con el instante en el que se crean las primeras herramientas para cazar o para manipular alimentos. Todo eso es cultura, que condiciona nuestra evolución biológica, pero que también hace que la humanidad condicione el entorno físico, por ejemplo, a través de la agricultura, que ha transformado paisajes enteros y alterado su biodiversidad.

De hecho, desde el descubrimiento de la cultura, nuestra evolución ha estado más ligada a los factores culturales que los biológicos. La parte de nuestro organismo que ha experimentado un mayor salto evolutivo es el cerebro, que no solo ha aumentado su cavidad craneal, sino también su complejidad y sus creaciones artificiales (o naturales, según la perspectiva). En este sentido, la cultura y la biología están interactuando continuamente.

Hombre y chimpancé, un abismo a pesar de la genética

La cultura se va acumulando a lo largo de los siglos a través de un trabajo colectivo que transmite de unas generaciones a otras todo el conocimiento generado. Esto se hizo primero por vía oral y, posteriormente, mediante la escritura. Y, ahora, Internet, entre otras herramientas.

Una de las consecuencias más evidentes de esos cambios culturales en nuestra evolución biológica es el aumento de nuestra capacidad craneal, que ha pasado desde los 450 cm³ de los australopitecos (posibles predecesores inmediatos de nuestro género), hasta los 1.350 cm³ actuales. El estudio Evolución y genómica del cerebro humano (M.A.Rosales-Reynoso, C.I.Juárez-Vázquez, P.Barros-Núñez, 2018) señala que en ese proceso evolutivo con respecto a los primates se produjeron tres principales cambios adaptativos en la morfología del cerebro: una reducción en la importancia relativa del olfato, un incremento en la importancia relativa de la visión y un enorme incremento en la importancia relativa de la neocorteza.

Además, apuntan un dato interesante, que considero que conviene tener en cuenta para ilustrar esa enorme relevancia que la cultura tiene en la evolución biológica: solo existe un 1,23% de diferencias genéticas entre el genoma del hombre y del chimpancé que, sin embargo, se traduce en una gran diferencia fenotípica.

Ya creamos seres vivos

Y, entre las consecuencias que nuestra cultura tiene en la biología, no quiero pasar por alto otro apunte interesante que hace Cascajosa. Nuestra especie ha sido capaz de crear herramientas científicas y tecnológicas muy poderosas que, aunque sólo están en los comienzos de su desarrollo, ya han servido para modificar genomas y para crear seres vivos nunca antes vistos en el planeta. Uno de ellos es la construcción artificial (otra vez, la palabra artificial) de una cadena de ADN y la creación de la primera célula sintética, lo cual no estuvo exento de polémica.

Estos avances culturales pero, al mismo tiempo, biológicos, tendrán sus aplicaciones en áreas como la agricultura o la medicina, modificando lo que comemos o cómo nos curamos para, quién sabe, iniciar un combate real contra el tiempo y, por tanto, la muerte. ¿Está en nuestra naturaleza no ser naturales en absoluto? ¿Está en nuestra naturaleza evolucionar hasta desterrar la muerte como una limitación a nuestra evolución biológica?

La próxima evolución, ¿en las estrellas?

Para terminar, miro un momento a las estrellas, de cuyo polvo nacimos. Nuestra especie ya vive de forma regular en el espacio, sin someterse a la gravedad terrestre (al menos con menos intensidad de lo que lo harían aquí en la Tierra). Y esa nueva experiencia, que hemos creado culturalmente, afecta a nuestro físico, a nuestros tejidos, a nuestro envejecimiento. Todavía estamos en una fase muy inicial pero ya constituye un ejemplo más de cómo nuestra cultura y, sobre todo, nuestra mente, continúa transformando nuestro cuerpo, nuestro genoma y, en definitiva, nuestra evolución biológica. No el entorno, sino nosotros. Y lo curioso es que el futuro gran salto evolutivo se produzca en las estrellas, de cuyo interior procedemos.

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