¿Cambio climático? Chernóbil muestra que la naturaleza prevalecerá
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Ruinas ciudad Pripiat Chernobil

¿Cambio climático? Chernóbil muestra que la naturaleza prevalecerá

Antes de que la serie de HBO, Chernobyl, pusiera de moda todo lo que rodea al mayor accidente nuclear de la historia provocado por la humanidad, tuve la oportunidad de leer el libro “Fuera del mapa”, de Alastair Bonnett. En él, dedica un capítulo a la ciudad muerta de Prípiat, aunque pronto descubrí que de muerta tiene bien poco.

Edificio piscina municipal 3 Pripyat Timm Suess Chernobil

Piscina municipal de Prípiat / Timm Suess

Esta localidad, situada casi en la frontera entre Ucrania y Bielorrusia y a solo tres kilómetros de la central nuclear de Chernóbil, fue la más perjudicada por los efectos de la radiación, que superó en 400 veces la emitida por la bomba nuclear de Hiroshima en 1945. Más de treinta personas murieron en las horas posteriores como consecuencia del contacto directo de la elevada radiación en la central y miles sufrieron secuelas y casos de cáncer por la exposición continuada durante días.

Unas 350.000 personas tuvieron que abandonar lo que hoy se conoce como zona de exclusión, una superficie de 2.600 kilómetros cuadrados, equivalente a la extensión de un país como Luxemburgo. Muchos de los habitantes de Prípiat fueron informados de que se marchaban solo por tres días, pero a día de hoy, 33 años después, todavía no han regresado. Y no hay previsión de que lo hagan en breve. Se estima que la zona no será completamente habitable para las personas hasta dentro de unos 24.000 años, que es el tiempo aproximado que el plutonio (uno de los tres principales isótopos utilizados como combustible en los reactores nucleares) necesita para extinguirse.

Las personas se van, la vida se abre paso

Sin embargo, tal y como recoge Bennet en su libro, otros seres vivos no han necesitado tanto tiempo para retornar. Según un recuento de individuos y de especies de la fauna local realizado a mediados de la primera década del siglo XXI muestra que la vida se abre paso en Prípiat. Existen unas 280 especies de aves y 66 de mamíferos, entre los que se cuentan más de 7.000 jabalíes, 600 lobos, 3.000 cuervos, 1.500 castores, 1.200 zorros, 15 linces y miles de alces. Incluso se han registrado huellas de osos en una zona donde ya no se veían osos.

El principal causante de que esta fauna volviera son los bosques que han rebrotado entre los 160 edificios con más de 13.000 apartamentos que a día de hoy se encuentran abandonados y en ruinas. Los científicos que realizan un seguimiento de la zona de exclusión muestran su asombro por la rápida recuperación del entorno.

La resiliencia de los bosques es evidente y muestran que existe un peligro mayor que la radiación (que, pese a todo lo que se dice de ella, es un fenómeno natural). Ese peligro es la propia acción de la humanidad. Cuando las personas se marcharon, otros seres vivos regresaron a lo que antes había sido su hábitat. Visto así parece un claro ejemplo de justicia poética desencadenado por sus propias víctimas.

¿Un problema ambiental?

En general, los estudios realizados confirman que la zona de exclusión alberga una gran biodiversidad. Muestran, además, que la radiación no tiene importantes efectos negativos sobre la flora y la fauna locales. Todos los seres vivos estudiados mantienen poblaciones estables y viables.

Proyecto TREE Sergey Gaschack fauna Chernobil actualidad

Fauna local en la zona de exclusión de Chernóbil. Foto: Proyecto TREE / Sergey Gaschack

 

Esto lo ha podido confirmar el proyecto TREE (Transfer-Exposure-Effects, dirigido por Nick Beresford, del Centro de Ecología e Hidrología del Reino Unido), que ofrece un claro ejemplo de la diversidad de la vida silvestre en esta área. Como parte de este proyecto, se instalaron cámaras de detección de movimiento durante varios años en diferentes áreas de la zona de exclusión. Las fotos grabadas por estas cámaras revelan la presencia de abundante fauna en todos los niveles de radiación. Estas cámaras registraron la primera observación de osos pardos y bisontes europeos dentro del lado ucraniano de la zona, así como el aumento en el número de lobos y caballos Przewalski, que se encontraban en claro peligro de extinción.

Un estudio publicado por Naciones Unidas en 2005 también tranquilizaba sobre el impacto medioambiental de la catástrofe nuclear veinte años después. Excepto en la zona incluida en un radio de 30 kilómetros del reactor 4 de Chernóbil (el que había explotado en 1986), que seguía muy contaminada, y en algunos lagos cerrados y bosques de acceso restringido, los niveles de radiación volvieron a situarse, en su mayor parte, en valores aceptables. “En la mayoría de las zonas los problemas son de índole económica y psicológica, no sanitaria o ambiental”, señalaba el doctor Balonov, secretario científico del Foro sobre Chernóbil, que participó en la recuperación de Chernóbil desde que ocurrió el accidente.

Chernóbil, ¿reserva natural?

Precisamente, en ese mismo año, 2005, el por entonces presidente de Ucrania, Viktor Yuschenko, propuso la idea de convertir la zona cero de Chernóbil en una reserva natural, una idea nada descabellada teniendo en cuenta el tiempo que pasará sin estar habitada por personas. De hecho, a veces pienso que se podría convertir en un auténtico experimento de cómo la biodiversidad continuaría su evolución una vez que la acción del hombre desaparece.

Vista general ciudad Pripiat Chernobil

Vista general de la ciudad Pripiat, cerca de Chernóbil.

Sin embargo, el cine y el morbo están haciendo que esa propuesta caiga en saco roto. El floreciente turismo a la zona (unos 60.000 turistas en 2018) hace que el rédito económico prime sobre la conservación medioambiental.

Lo que sí evidencia Chernóbil es que, suceda lo que suceda, con el cambio climático a escala global, los primeros en marcharnos, con toda seguridad, seremos nosotros. Los visitantes que ahora recorren las calles fantasma de Prípiat han sido testigos de excepción de ese futuro distópico. Una vida que germina y se asienta sobre los escombros de la extinta modernidad humana. Un silencio omnipresente, sin el ruido del ajetreo diario y los niños en los parques. Ese posible futuro ya existe y podemos mirarnos en él para evitar que ocurra a escala planetaria.

Sufrimiento sí, adaptación también

Como cuenta Alastair Bennet en su libro, Timothy Mousseau, profesor de biología de la Universidad de Carolina del Sur, que ha estudiado la zona en profundidad, añade matices a la explosión de vida que se está produciendo en Prípiat. Hay muchos más animales que cuando las personas vivían allí y muchos más que en ciudades normales. Pero esto no significa que sean más o incluso que sea una situación proporcional a la que se produciría si no hubiera una radiación superior a la recomendable. Mousseau habla de un ritmo reproductivo más bajo de lo normal en las aves y otras investigaciones señalan cambios reproductivos en los gusanos de agua dulce.

Es muy probable que los seres vivos que colonizan la zona de exclusión de Chernóbil estén experimentado cambios moleculares para adaptarse al nuevo entorno y que incluso eso les haga sufrir, a pesar de que no sean conscientes como la humanidad de lo que realmente ha pasado. Pero justo por eso es posible que su adaptación sea mayor.

Nuestra tecnología, insuficiente para el cambio

El proyecto TREE ha comprobado que las ranas dentro de la zona de exclusión de Chernóbil son más oscuras que las que viven fuera de ella. Creen que esto puede ser un método defensivo ante la elevada radiación. ¿Sucederá lo mismo con los seres vivos en otras partes del planeta que ya afrontan las consecuencias del cambio climático? ¿Se adaptará la flora y la fauna como lo han hecho en Chernóbil y a un ritmo tan acelerado? ¿Qué pasará con nosotros?

Teniendo en cuenta el historial de nuestro planeta, con varias extinciones masivas en su haber, algunas de ellas incluso más mortíferas que la que acabó con los dinosaurios, no sería ninguna sorpresa que nuestra todavía pobre tecnología no sea suficiente para salvarnos de los efectos de un cambio climático drástico a nivel global. Y digo pobre porque, a pesar de que avanzamos más rápido que nunca y que el progreso ya es exponencial, todavía no sirve para garantizar nuestra supervivencia en un escenario insostenible medioambientalmente como el que pintan todos los pronósticos y como el que ya estamos viviendo, con sequías cada vez más severas, récords de temperatura media año tras año, intensificación de incendios forestales y desaparición de miles de especies a un ritmo frenético.

Nuestro final no será “el final”

Entiendo que la solución pasa por equilibrar el desarrollo tecnológico con una mayor sostenibilidad y todo ello hay que conseguirlo al tiempo que se produce un aumento demográfico que requerirá de un impacto ambiental aún mayor. Obviamente no debería ser necesario explotar de forma controlada algunos reactores nucleares más para darnos cuenta de que el entorno de otros seres vivos debe ser preservado para el correcto funcionamiento de nuestro planeta. Porque todo está conectado, incluso con nosotros, pese a que nos excluyamos una y otra vez del ciclo vital de este planeta, sobre todo convencidos de nuestra gloria y ego casi divinos.

Hemos creado divinidades en la cultura, en las religiones. Puede que un Dios exista y nos salve en el último minuto y que nos lleve a un nuevo hogar verde y azul como el nuestro, que está esperándonos en algún rincón de nuestra galaxia o de otra más lejana. Pero también cabe la posibilidad de que seamos nuestro propio Dios y que, tras dilapidar el pequeño punto azul que el cosmos nos ha dado hasta el momento, no haya mayor esperanza que resignarnos a ver cómo el mundo entero se convierte en un Prípiat de edificios y apartamentos en ruinas que, con los años, albergarán una vida que no será la nuestra, sino la de otros seres vivos que antes sufrían nuestro intolerante antropocentrismo.

De la violencia del Universo surge la vida. Y de nuestra destrucción puede surgir otra distinta. No creo que seamos tan imprescindibles como pensamos. El cambio climático (un fenómeno tan real como que la tierra no es plana) que nos acecha es una oportunidad para demostrar que la humildad forma parte de nuestras virtudes como especie.

 

 

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