Ad Astra: algunas reflexiones sobre ciencia y humanidad
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Ad Astra: algunas reflexiones sobre ciencia y humanidad

Hace unos días vi la película Ad Astra (2019), dirigida por James Gray y protagonizada por Brad Pitt. Nada más salir del cine, intercambié algunas impresiones con mis amigos. Uno de ellos comentaba que no era una película sobre el espacio, sino sobre algo más profundo, más emotivo y sentimental, en definitiva, más humano, según sus palabras. Es cierto que, al contrario que otros filmes del género, este puede ser menos técnico o que no se centra tanto en explicar cuestiones científicas o en ser tan riguroso en este ámbito, pero ¿por qué usar el espacio como contexto si no es para transmitirnos algo acerca de nuestra relación con el cosmos? Podría ser una metáfora, pero no lo es. No en este caso.

¿En qué medida podemos separar lo que es humano de lo científico y lo que es humano en la Tierra (ojo con esta expresión, que no es inocente) con todo lo que tiene que ver con el cosmos o la vida en él? La ciencia, desde mi perspectiva, no es otra cosa que un medio para conocer nuestro entorno, una herramienta de exploración que nos permitirá (ya lo está haciendo) llegar a nuevos mundos y establecernos en ellos. La ciencia es humana y formamos parte del Universo. No creo que ambas cosas tengan que ir por separado para disfrutar de una visión futurista de nuestra especie.

La tecnología nos hace ser distintos

De hecho, si la película quiere ser profunda desde el punto de vista humano, y quiere transmitir cómo será nuestra experiencia cuando seamos una civilización interestelar, uno de los requisitos es reflejar cómo será esa tecnología y nuestra relación con ella. No podemos ver a los humanos del futuro con los ojos del presente. Al menos no de forma total.

Es decir, es importante que la tecnología que se muestra en el film respete, en la medida de lo posible, las leyes de la física, que se cree que se cumplen en cualquier parte del universo. Salvo algunas licencias artísticas, Ad Astra es muy realista en ese sentido. Es posible que la humanidad en el futuro logre viajar a los límites de nuestro Sistema Solar en 60 días y no en 35 años como lo hacemos ahora, porque es de esperar que encontremos un modo de movernos más rápido por el espacio. Eso no es una fantasmada. En teoría, tampoco lo son los haces de antimateria que envía el padre de Roy (Brad Pitt) desde la órbita de Neptuno, pero seguramente sería necesaria una cantidad enorme de energía para generarlos y enviarlos hacia la Tierra, algo que de momento desconocemos cómo hacerlo.

La tecnología, parte de nuestra esencia

No podemos afirmar con rotundidad que la biología se comporta de la misma manera en todos los rincones del cosmos y, en este punto, es donde las esperanzas de los que buscan vida extraterrestre tienen más posibilidades de prosperar. Podría haber condiciones aptas para la vida en lugares que ni imaginamos, incluso dentro de nuestro pequeño vecindario de la Vía Láctea. Y digo más, que es una pista que están siguiendo los científicos, puede que la vida no se tenga que dar necesariamente en planetas situados en la zona habitable de su estrella. La búsqueda de otras formas de vida es lo que obsesiona a Clifford McBride (Tommy Lee Jones), que ha dedicado toda su carrera a usar la tecnología para este fin. O, dicho de otra forma, emplear la ciencia para descubrir si no estamos solos.

Si echamos la vista atrás, comprenderemos que nuestra evolución está íntimamente ligada al desarrollo tecnológico, desde lo más primitivo y elemental a lo más sofisticado. Algo nos dice que, viendo la trayectoria exponencial que llevamos en las últimas décadas, todavía estamos en el comienzo de lo que podemos ser y que nuestra tecnología actual no es sino una mínima expresión de lo que desarrollarán las próximas generaciones.

¿Nuevos humanos en la Luna y Marte?

En Ad Astra ya vemos consolidados algunos logros científicos y tecnológicos que estamos diseñando en estos momentos. Se trata de la colonización de la Luna y Marte. Esto no es caprichoso, sino que obedece a la ocupación de nuestro satélite natural, que se encuentra a una distancia cósmica ridícula (pero al que todavía tardamos tres días en llegar), y de otro de los planetas telúricos del Sistema Solar, Marte, que es, además, el más parecido geológicamente a la Tierra, aunque con el que mantenemos enormes diferencias, como la ausencia de una atmósfera lo suficientemente protectora como la nuestra, que hace imposible la presencia de vida.

¿Cómo cambiará nuestra perspectiva el hecho de poder viajar de forma regular a la Luna o Marte? ¿O el hecho de nacer allí antes que en la Tierra? En Ad Astra conocemos seres humanos marcianos, como Helen Lantos (Ruth Negga). Ella cuenta su impacto al viajar de niña por primera vez a la Tierra. Parece lógico pensar que nuestro planeta sea el hogar de cualquier ser humano, pero ya no es algo exclusivo en ese horizonte próximo que dibuja la película. La concepción de hogar de Helen es distinta. Las personas nacidas en Marte serán humanas, pero con experiencias completamente diferentes que, con el paso del tiempo, las harán también diferentes. El entorno nos define, de la misma manera que la tecnología que nos acompaña desde que nacemos.

La soledad de Roy, nuestra soledad como especie

Entonces está claro que las personas que van a vivir en el futuro o que harán viajes interestelares, como puede ser el padre de Roy que vemos en la película, vivirán experiencias completamente distintas, como estar solo (la soledad que tanta presencia tiene en la película), la sensación de ingravidez, cuando quieren volver a casa, cuando siempre ha estado tan frío y desvinculado de su mujer, centrado en el trabajo, sacrificando su entorno.

En ese viaje en busca de su padre se da cuenta de que lo hace porque realmente le importa (como dice, quién mejor que él para realizar con éxito la misión). También es consciente de que lo quiere, a pesar de no ser correspondido en igual medida. Entonces sabe que desea acabar con esa soledad. Un paralelismo con la soledad que la especie humana se quiere sacudir de una vez por todas en este cosmos inabarcable y ajeno.

Esta soledad de Roy es una metáfora de la soledad del ser humano. De momento exploramos, buscamos, pero somos conscientes de que estamos solos hasta que se descubra otro tipo de vida en el cosmos. Sin embargo, Roy no es tan pesimista con este panorama actual. El hecho de no haber encontrado todavía vida inteligente en otros mundos no es un fracaso, sino que supone algo muy importante: que nos tenemos a nosotros mismos, lo que no es poco. Nadie sabe si eso será definitivo. Los científicos manejan diversos escenarios, aunque, como decía Carl Sagan, si nuestra soledad se confirmara, qué desperdicio de espacio.

La religión, refugio de nuestras incertezas

Otra cuestión que me llamó la atención de la película es el nombre del protagonista, Roy. Me recuerda a Roy Batty, ese androide de Blade Runner que quería ser humano, que había explorado mundos a los que nadie había llegado antes, como este Roy y su padre, y que para él, al final de todo lo que había visto y viajado, se queda con la humanidad, con lo que hay en la Tierra.

Algo que también se menciona es la religión. Muchos científicos aseguran que cuanto más investigan más creen en Dios. Creo que ambas cosas son difíciles de separar. No entro en el tema de si Dios existe, sino que creo que es algo íntimamente humano, del mismo modo que lo son las creaciones científicas. Un ejemplo de esa relación lo vemos también en Contact, de Robert Zemeckis.

Todas nuestras incertezas, inseguridades e incluso nuestro egocentrismo se refugian en esa creencia, en ese sentir de quiero ver algo más allá, y también es algo que nos impulsa a explorar y a confiar en las personas, ¿no? Y en nosotros mismos. La investigación científica tiene que huir de las creencias infundadas, pero a veces pienso que la propia exploración, que por sí misma no garantiza resultados eficaces, siempre exige un importante acto de fe o, de lo contrario, no la pondríamos en marcha. Y puede que lo que encontremos, también.

La ficción, ¿avance de lo que pasará?

El escenario cósmico en el que se ambienta el film no es baladí. Cada vez hay más películas que se desarrollan en este contexto. ¿Nos quiere decir algo la cultura norteamericana, por ejemplo, que es la que más produce este tipo de cine? ¿Y si está avanzando algo, del mismo modo que antes expandió su modelo de vida a través de la gran pantalla? Habría que mirar hacia atrás y ver qué otras temáticas trató el cine norteamericano y que luego se tradujeron en hechos e investigaciones reales. ¿Nos está preparando para lo que viene, como en este caso pasa con Marte? Esto es algo que está de rabiosa actualidad.

En 2024 está prevista una misión tripulada a la Luna, con el objetivo de, con los años, crear un asentamiento permanente en nuestro satélite natural y, desde ahí, realizar viajes a otros planetas, como Marte, como se muestra en Ad Astra. Ya nos está avanzando ese futuro, ese ser humano distinto.

No estamos solos

Eso nos ayuda a cambiar nuestra perspectiva. Eso va a hacer que perdamos miedo en ir más allá, dando pequeños pero constantes pasos. Y, antes de que nos demos cuenta, ya estaremos dando los siguientes. En la película vemos que no todos son conscientes de que la impaciencia puede ser contraproducente, como el padre de Roy, que se ciega por la búsqueda de vida extraterrestre sin reparar en lo que ha logrado. Pero, al igual que las naves intergeneracionales se postulan como una posibilidad en la exploración de otros mundos, hay que tener muy presente que los avances a escala astronómica dependerán de la colaboración entre varias generaciones.

Una de mis principales conclusiones es que la ciencia y la tecnología, sea dentro o fuera de la Tierra, es algo humano e indisoluble de lo que somos. Se ve en otras películas, como Interestellar, en la que se nos explica numerosas cuestiones técnicas para que la gente pueda entender el significado de lo que se muestra. Puede que aquí sea un poco más espiritual, pero también lo es en otra películas.

Creo que está intentando sensibilizarnos cómo la humanidad va a afrontar ese futuro. ¿Y qué hay más humano que eso, no? Vamos a tener que tomar decisiones inéditas. Tendremos miedos que no imaginamos. Como Roy dice, esto también va de miedos. De mantener las pulsaciones bajas en el trabajo, pero que luego no puede controlarlas cuando descubre más sobre su padre o lo que está sucediendo realmente. Esto también lo vemos en Interestellar, en la búsqueda de otros planetas. Cómo la intuición o los sentimientos nos pueden llevar a tomar elecciones menos científicas u objetivas, pero que al final se muestran más prometedoras que los datos más fiables. No somos imparciales. No se puede separar ciencia de lo humano ni de la propia fe.

 

 

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